Antes de matar a un personaje, conviene preguntarse si lo haces porque su muerte es necesaria o simplemente porque no sabes qué hacer con él. A veces, la tentación de eliminarlo surge cuando se ha convertido en un estorbo para la trama o cuando estás buscando un golpe de efecto. En esos casos, te aconsejo volver atrás y plantearte qué función cumple realmente tu personaje en la historia.
La muerte de un personaje solo cobra sentido cuando transforma el relato, revela algo esencial sobre quienes permanecen o culmina de manera inevitable el camino recorrido. Entonces sí, ha llegado el momento de despedirse.
Y una despedida digna no depende del dramatismo de la escena, sino de su verdad. La muerte debe ser la consecuencia de su vida, de sus decisiones y de aquello en lo que creyó. Es bueno también conceder espacio al duelo y a la huella que deja, para que el lector, si no llora ya a moco tendido, comprenda qué cambia en el mundo de la novela tras esa ausencia.
Mata con sentido
Un ejemplo clásico es la muerte de Emma Bovary, en la novela de Flaubert (me permito el spoiler, ¡ya ha pasado más de siglo y medio!). Su final no busca sorprender al lector con un giro inesperado, sino cerrar el recorrido de los deseos que la atrapan, de sus fantasías y de las contradicciones que la han acompañado desde la primera página.
Algo parecido ocurre con Iván Illich en la obra de Tolstói (aquí ya lo sabes desde el título), en la que su muerte adquiere sentido porque constituye el centro mismo de su revelación interior.
Y, cosa curiosa, aunque sepamos lo que va a ocurrir en ambos casos desde el principio, la lectura no pierde fuerza. Es lo que tiene la literatura, que no siempre importa qué sucede, sino cómo y por qué hemos llegado hasta ese momento.
Matar a un personaje es, en última instancia, un acto de fidelidad y gratitud a la historia. Significa que ha llegado a su fin y se le debe ofrecer un cierre a la altura del camino recorrido junto a él. Si llega ese momento, despídelo con los mismos honores con los que lo hiciste nacer.
