Los diálogos que suenan falsos

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Es sencillo, sabes que tus diálogos suenan falsos cuando los lees en voz alta y piensas: «Nadie habla así». O peor, cuando alguien te lo dice. El diálogo es una de las herramientas más poderosas de las que dispone un escritor, pero también una de las más traicioneras. Puede hacer que tus personajes cobren vida o que parezcan marionetas recitando un guion. Puede acelerar tu narración o hundirla en el tedio. Puede sonar natural o hacer que el lector levante una ceja y piense: «¿En serio?»

Los tres errores más comunes que delatan un diálogo artificial

Todo el mundo habla igual. Este es el error más revelador, cuando todos tus personajes usan el mismo vocabulario, las mismas estructuras sintácticas, el mismo sentido del humor. En la vida real, cada persona tiene su forma de hablar. El adolescente no habla como su abuela. El médico no habla como el mecánico. Y ninguno de ellos habla como tú, el autor. Si puedes intercambiar los nombres de tus personajes y el diálogo sigue funcionando igual, tienes un problema.

Tus personajes dicen exactamente lo que piensan. En la vida real, casi nadie dice exactamente lo que piensa. Mentimos, nos guardamos cosas, insinuamos, evitamos temas incómodos, decimos una cosa pero queremos decir otra. Si tus personajes expresan sus emociones y pensamientos con total claridad y franqueza todo el tiempo, no estás escribiendo diálogo. Estás escribiendo exposición disfrazada de diálogo. El subtexto es lo que hace interesante una conversación.

Usas el diálogo para dar información. «Como sabes, María, llevamos casados veinte años y tenemos tres hijos». Nadie habla así. Nadie le dice a otro personaje cosas que ambos ya saben solo para informar al lector. Cuando usas el diálogo como herramienta de exposición, se nota. Mucho.

El diálogo debe ser inevitable

Mi consejo a los autores es que no escriban diálogos. Que intenten contar la historia sin ellos. De esta manera, cuando hay que recurrir a ellos, es porque son absolutamente imprescindibles. Que solo el diálogo pueda hacer lo que la escena necesita. Así que si tu narrador puede expresar algo, no lo pongas en boca de un personaje. El diálogo es una herramienta valiosa precisamente porque es limitada. No la desperdicies. Si un personaje puede transmitir información, emoción o conflicto sin abrir la boca, mejor.

Una vez escuché la historia de alguien que, cuando entraba en una librería, hojeaba los libros buscando páginas con mucho diálogo. Si encontraba una gran cantidad, compraba el libro. Su lógica era simple, los diálogos se leen rápido, el libro avanza, no te aburres. Y tenía razón... en parte.

Los diálogos bien escritos dan ritmo, oxigenan la narración, aceleran la lectura, pero ahí está la trampa. Muchos escritores llenan sus páginas de diálogo porque es más fácil, porque avanza rápido, porque dinamiza. Y terminan con conversaciones innecesarias que solo están ahí para llenar espacio.

El buen diálogo no es gente charlando. Es gente haciendo cosas a través de las palabras. Seduciendo, mintiendo, atacando, defendiéndose, evitando, manipulando. Cada línea de diálogo debería tener uno de estos propósitos: avanzar la trama, revelar carácter o crear tensión. Idealmente, las tres cosas a la vez.

El equilibrio entre realismo y legibilidad

He aquí la paradoja: he empezado comparándote los fallos de un diálogo con la vida real, peeeeero... resulta que el diálogo no debe ser realista. Debe parecer realista.

Si transcribieras una conversación real, estaría llena de «ehhh», «o sea», repeticiones, frases sin terminar, divagaciones interminables. Sería insoportable de leer. Un buen diálogo no es imitación. No se trata de reproducir cómo habla la gente, sino de capturar la esencia de cómo habla la gente.

El diálogo en ficción es una ilusión de realismo. Parece natural, pero en realidad está cuidadosamente editado, condensado, pulido. Es música. Tiene ritmo, pausas, crescendos y silencios. Cada personaje toca su propio instrumento, y tu trabajo es dirigir la orquesta sin que se note tu mano.

La clave está en la invisibilidad del artificio, que consigas encontrar el punto medio, suficientemente imperfecto para sonar humano, suficientemente pulido para ser legible.

Y si lo consigues, el lector no pensará en el diálogo. Solo escuchará a los personajes.

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