El plagio accidental

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¿Conoces el caso Deeks vs. Wells? Es una de las acusaciones de plagio más conocidas de la historia de la literatura. Florence Deeks acusaba a H. G. Wells de haber plagiado su único manuscrito ya que, según ella, el escritor había tenido acceso a él a través de una editorial y lo había utilizado como base para escribir El esbozo de la historia. El tribunal concluyó que no había pruebas suficientes y desestimó la acusación, subrayando algo clave, que las similitudes temáticas no bastan para demostrar plagio, sino que debe probarse la copia sustancial de la obra original.

La literatura está llena de referencias, básicamente porque nadie que escriba lo hace desde el vacío. Nuestra creatividad se nutre de lo que vivimos, observamos y leemos, y a veces una frase, una imagen literaria, una estructura narrativa, de un libro que nos interesó se queda rondando en nuestra cabeza y vuelve a aparecer como lo más pertinente para lo que justo estamos escribiendo. ¿Es eso plagio? ¿O influencia?

Del plagio a la influencia

La señora Deeks se equivocó en creer que las ideas tienen propietario, cuando la que está protegida es su expresión. Es decir, que el plagio consiste en copiar la forma específica en que esa idea está escrita o estructurada en una obra y presentarla como propia. Vamos, olvidarse accidentalmente de señalar apropiadamente una cita o referencia.

Y esto debe ser así porque, si no, la literatura (y el arte en general) no hubiera funcionado. Los escritores llevan toda la vida reinterpretando mitos antiguos, retomando arquetipos, transformando estructuras narrativas o revisitando temas universales como el amor, la muerte, el poder o la identidad. Ni nos imaginamos la cantidad de historias que narran triángulos amorosos, viajes iniciáticos o héroes que deben enfrentarse a su destino. La literatura es en gran medida reutilización e intentar escribir sin influencias sería tan imposible como intentar hablar sin usar palabras que ya existen.

La clave que te libera de decir que no fuiste la primera persona a la que se le ocurrió no es tomar la referencia como el resultado final, sino reinterpretarla y transformarla en algo con una nueva identidad que muestre la singularidad de tu mirada. ¿Qué si no hizo Margaret Atwood en La semilla de la bruja? La originalidad absoluta no existe y los escritores debemos saber movernos en un ecosistema que se alimenta de influencias.

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