No hay libro más manoseado que una primera novela en manos de quien la ha escrito. Acaricias la portada y la contraportada, la abres, la hojeas y la ojeas... Hay quien la lee y quien decide que mejor no, por si acaso, no vaya a ser que encuentre un error catastrófico, o que no le convenza lo que ha escrito. Pero bueno, en cualquier caso, es para sentir orgullo. La has escrito, la has corregido y la has soltado. Enhorabuena. ¿Y ahora qué?
El día que publiqué mi primera novela (justo ese mismo día) un amigo escritor, con bastantes libros ya publicados, me dijo algo que me persiguió durante los meses siguientes: «Ahora tienes que escribir la segunda. ¡Qué putada!». Y sí, es una putada.
El peso invisible del segundo libro
No tengo intención de desmotivarte, sino de advertirte. Ya que he pasado por ahí, quiero contarte lo que te va a suceder o ya te está sucediendo.
El primer libro se escribe, casi siempre, desde un lugar de libertad. No hay expectativas externas claras, no hay lectores esperando, no hay una imagen pública que sostener. Escribes porque tienes que escribir ese libro. Después de publicarlo, el contexto cambia. Ya no escribes en el vacío. Aparece la comparación con lo anterior, la presión por estar a la altura, el miedo a repetirte o a decepcionar. Incluso cuando el primer libro no ha tenido una gran repercusión, ya no eres la persona que lo escribió. Básicamente, has perdido la inocencia.
Es normal que, como autores, primero pensemos que, cuando no nos convence lo que estamos escribiendo, el problema esté en el texto, pero lo más seguro es que se trate del momento vital y creativo en el que nos encontramos. No es que se nos haya olvidado escribir, es que ya sabemos demasiado. Ya sabemos lo que cuesta llegar hasta el punto y final de un libro, y sabemos que habrá lectura, juicio, opinión...
Es ese ruido el que complica algo que antes era más natural y la razón por la que el segundo manuscrito se convierte en un pequeño infierno. Escribes mucho más lento. Empiezas a cuestionarte antes, a corregirte antes, a dudar antes. La escritura se vuelve más exigente, pero también más frágil. Y surge la parálisis. Pero no por falta de ideas, sino por exceso de autoobservación.
Tienes que seguir escribiendo
Lo importante es que no pares, que no te quedes en flor de un día. No hay una fórmula mágica para salir del atolladero, solo tirar y tirar, aunque al principio no reconozcas tu propia voz o sientas que todo es más torpe.
Aquí es donde acompañarte en el proceso cobra sentido. Muchas veces no hace falta una gran intervención, sino ayudarte a ordenar, a bajar el volumen del juicio y a llevar lo mejor posible la certeza de que ningún segundo libro se escribe con la frescura del primero.
Escribir esa segunda novela es uno de los pasos más importantes para que tu escritura deje de ser un golpe de suerte y empiece a convertirse en un oficio.
