«¿Qué sabrán de Inglaterra los que Inglaterra solo conocen?»
Es una frase de Ruyard Kipling que para mí no solo habla de geografía, también de miopía. Y es que cuando ambientamos una historia en el lugar que habitamos y conocemos bien, puede ocurrir que nuestra mirada ya esté acostumbrada y deje de registrar lo que podría ser jugosa materia narrativa. Si la buena escritura tiene mucho que ver con la capacidad de tomar distancia con lo que se escribe, igualmente suma mirar desde fuera lo que estamos retratando.
Por eso este verano no te voy a aconsejar lo que esperas, que cojas el cuaderno, te vayas a algún lado y escribas lo que veas. No. Voy a aconsejarte que salgas fuera para mirar hacia atrás. No describas el mundo nuevo que tienes delante, sino reflexiona sobre el que dejaste atrás, aunque sea solo por unos días.
Lo que ganas cuando tomas distancia
La propuesta es que no viajes para acumular experiencias, sino para que lo que te rodea se vuelva visible y puedas escucharlo. Porque cuando te alejas, aunque sean solo unos pocos kilómetros, esa distancia que has interpuesto te va a devolver la capacidad de percibir lo que dabas por sentado. La memoria empieza a editar y a ordenar, permitiéndote entender qué merece ser contado y qué no, distinguir el decorado del símbolo.
Por eso, si tu historia está ambientada en tu ciudad, tu barrio o tu casa, irte un poco puede ser la mejor forma de entrar de verdad en ese escenario. Más que para llenar páginas, tómate este verano como una ocasión para ganar perspectiva. Y cuando regreses a tu sitio, podrás emplearlo como un territorio narrativo mucho más fértil que va a resolver una de las partes fundamentales de tu historia.
Porque al final, como decía Kipling, solo entiende un lugar quien lo ha abandona un rato.
Buen verano 😉
