Tienes una carpeta en tu ordenador (sabes cuál es) que hace un tiempo que no abres. Sí, todos los escritores tenemos una. Ese proyecto que empezamos con ilusión, con energía, con la certeza de que lo terminaríamos. Y no lo hicimos.
Por qué lo abandonamos
Primero, seamos honestos sobre las razones. No todas son malas.
Puede que la historia no funcione. No toda idea que te emociona a las tres de la mañana es una historia viable. A veces escribes veinte páginas y te das cuenta de que ahí no hay suficiente material. Que la premisa era interesante pero no sustenta una novela. Está bien. No es un fracaso. Es aprendizaje.
Has crecido como escritor. Vuelves a leer lo que escribiste y te das cuenta de que ya no eres esa persona. Tu voz ha cambiado. Tus intereses han cambiado. La historia que querías contar ya no es la historia que quieres contar ahora. También está bien.
La vida sucedió. Enfermedad, trabajo, familia, crisis personales. Hay momentos en los que escribir no es prioridad. Y cuando vuelves, meses después, la conexión con la historia se ha roto. No es culpa tuya.
Pero hay razones que hacen que el abandono sea cuestionable:
Porque te pareció difícil. Llegaste a una escena complicada, a un nudo argumental, a un momento que no sabes cómo resolver. Y en lugar de enfrentarlo, empezaste otra historia.
Apareció una idea nueva más brillante. Déjame decirte que siempre aparece. La nueva idea parece mejor porque todavía no has lidiado con sus problemas. Es solo potencial, sin la realidad desordenada de la ejecución.
Te da miedo terminarla. Mientras no la termines, no puede ser rechazada. Mientras está en proceso, todavía puede ser perfecta. ¿A que sí? Terminarla significa enfrentarse a la realidad de lo que has creado.
Te aburriste. Escribir es trabajo. La parte emocionante del principio ya pasó. Ahora toca el trabajo duro y eso no siempre es divertido.
Si esa historia no existiera, ¿la echarías de menos?
No: «¿Debería terminarla?», «¿He invertido mucho tiempo en ella?» o «¿Qué pensarán otros si la abandono?». Pregúntate solo si la echas de menos. Si la respuesta es sí, vale la pena retomarla.
Si la respuesta es no, quizás es hora de soltarla. Eso no es rendirse. Es decidir. En ese caso te aconsejo que mires si puedes salvar algo y copiar esas cosas en otro documento. Quién sabe, maybe, baby, someday...
Cómo retomar un proyecto abandonado
No leas todo de inmediato. Esto suele pasar: abres el archivo, empiezas a leer desde el principio, te horrorizas con todo lo malo que encuentras y vuelves a cerrarlo. En lugar de eso, lee primero solo las últimas cinco páginas. Solo lo suficiente para recordar dónde estabas. No para juzgar, solo para reconectar.
Escribe algo nuevo primero. No intentes editar todavía. No intentes arreglar lo que ya está escrito. Escribe una escena nueva. Cualquier escena. Del final, de la mitad, de donde sea. Solo para recordar por qué te importaba esa historia.
Haz una lista de lo que funciona. Antes de enfocarte en todo lo que está mal, haz una lista de lo que está bien. Qué escenas te gustan. Qué diálogos funcionan. Qué momentos todavía te emocionan. Ancla tu regreso en lo bueno, no en lo que falta arreglar.
Identifica por qué lo abandonaste. ¿Te atascaste en un punto específico? ¿La trama dejó de tener sentido? ¿Un personaje dejó de funcionar? Nombra el problema concreto para centrarte en resolverlo.
Date permiso para cambiarlo todo. No le debes nada a lo que ya escribiste. Si necesitas cambiar la trama, un personaje, o incluso el punto de vista, hazlo. A veces la razón por la que abandonaste es que la historia necesitaba ir en otra dirección y no te permitiste cambiarla.
No importa cuánto tiempo haya pasado: si esa historia sigue llamando desde la carpeta, aunque sea en voz baja, ábrela. No para juzgar lo que fuiste, sino para ver si aún late algo ahí dentro. Si lo hay, escríbelo. Si no, ciérrala con cariño y sigue adelante. Eso también forma parte del oficio de escribir.
