Escribir sin inspiración

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La inspiración es una mentirosa encantadora. Te promete que volverá, que solo necesitas esperar el momento perfecto, que cuando llegue será mágico y las palabras fluirán solas. Y mientras tanto, tu manuscrito sigue en la misma página en la que lo dejaste hace tres semanas. Ya te voy diciendo que si la estás esperando, nunca terminarás de escribir nada.

Es verdad que es maravillosa cuando aparece. El problema es que no aparece cuando la necesitas. Aparece cuando estás lavando los platos, cuando vas en el autobús, cuando ya te has metido en la cama. Nunca a las ocho de la mañana del martes, que es cuando habías planeado escribir.

Stephen King escribe todos los días, incluso en Navidad. Haruki Murakami se levanta a las cuatro de la mañana y escribe durante cinco o seis horas. Todos los días. Sin excepción. ¿De verdad crees que lo hacen porque están en un estado infinito de inspiración?

Por eso los escritores que terminan libros no son los más inspirados. Son los más disciplinados.

¿Qué le ocurre a la inspiración?

Es inconsciente. Algunos días te sientes brillante y las palabras fluyen. Otros días sientes el vacío y cada frase es como arrancar una muela. Si solo escribes cuando viene la inspiración, tu ritmo será caótico. Escribirás mucho en ráfagas y luego nada durante semanas. La disciplina te permite escribir incluso los días malos. Y los días malos son la mayoría.

Llega escribiendo. Muchas veces la inspiración aparece después de empezar a escribir, no antes. Empiezas escribiendo sin ganas, hasta que de repente, en el párrafo cinco, algo se desbloquea. Una idea aparece. Un personaje dice algo que no habías planeado. Y de pronto estás escribiendo de verdad. ¿Pero sabes qué es lo que siempre está preparado para dar ese paso inicial que te ayuda a arrancar a escribir? Tu cerebro. La disciplina entrena tu cerebro para no necesitar inspiración antes de sentarte a escribir.

Es la mejor de las excusas. «No estoy de humor». «No sé qué escribir». «Tengo bloqueo». «No me convence lo que escribo». ¿Te suena? Pues no llevas razón. La verdad es un poquito más cruda, y es que no quieres escribir. Y no pasa nada. Escribir es difícil. Es normal no querer hacerlo. Y es muy tentador dejarse llevar y escribir solo cuando quieres. Con disciplina no va a desaparecer el runrún, pero escribirás incluso con él en la cabeza.

Propuestas para sustituir inspiración por rutina

Imponte un mínimo ridículamente bajo. Cien palabras. Cincuenta. Un párrafo. Una frase. Puede sonar ridículo, ¿cómo no vas a conseguir eso? Pues eso es infinitamente más que cero. Ponte un objetivo tan bajo al día que sea imposible no cumplirlo y deja las metas ambiciosas que pueden convertirse en una montaña insuperable.

No edites mientras escribes. Escribes una frase, la relees, te parece horrible, la borras, la reescribes, vuelves a leerla, te sigue sin gustar... Media hora después has escrito tres frases y las odias todas. Créeme, es el más común de los sabotajes. Cuando no tienes inspiración, lo último que necesitas es a tu yo crítico.

Cambia de escena si te atascas. Si la escena que estás escribiendo se ha puesto imposible, no te obligues. Sáltala y escribe otra. No tienes que escribir tu novela en orden. Escribe la escena que te apetezca, aunque sea del capítulo veinte. Escribe lo fácil. Lo que fluye. Ya volverás a lo difícil cuando tengas más energía.

Usa temporizadores. Escribe, por ejemplo, treinta minutos sin parar, luego descansa cinco. Cuando no hay inspiración, la idea de sentarse a escribir suena eterna. Pero los tiempos cortos son manejables. Y a menudo, cuando suena el temporizador, ya has entrado en ritmo y quieres seguir.

La inspiración vendrá (o no)

Incluso los grandes escritores tienen días (semanas, meses) en que escribir se siente como empujar una roca cuesta arriba. Así que la próxima vez que no tengas inspiración, no la esperes. No la busques. No te sientas culpable por no tenerla. Simplemente abre tu documento. Escribe una frase. Luego otra.

Porque, ¿sabes una cosa? Cuando un tiempo después te pongas a revisar tu manuscrito, esas páginas que escribiste sufriendo, forzándote, sintiéndote vacío... te van a parecer tan buenas como las que escribiste estando inspirado. A veces incluso mejores.

Y tu lector nunca sospechará esto.

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